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Columna publicada originalmente en Portafolio de Colombia

Si bien recuerdan, en la película 2001: A Space Odyssey, que Stanley Kubrick dirigió en 1968, aparece una escena futurista en la que Dave Bowman mira un video a través de una tableta. En esa época todavía no existían ese tipo de computadores, pero ya surgían las primeras propuestas, como el Dynabook de Alan Kay.

Durante estos 40 años han salido al mercado innumerables modelos de tabletas, desde el Apple Newton hasta el Tablet PC de Microsoft. Todos fracasaron por no ser suficientemente útiles o atractivos para los usuarios, hasta que en el 2007 Amazon lanzó el Kindle, el lector de libros electrónicos, que ha vendido 3 millones de unidades.

Desde entonces se ha desatado una guerra por el mercado de los lectores de libros, con la llegada de productos como el Nook de Barnes & Noble y el Sony Reader, diseñados principalmente para comprar y leer libros.

Pero nunca antes había salido al mercado una tableta tan atractiva y completa como el iPad de Apple, que Steve Jobs lanzó la semana pasada.

En los días siguientes a la presentación de Jobs, le llovieron las críticas. Que no tiene cámara, que no soporta video en flash, que no tiene USB, que no se diferencia lo suficiente del iPhone. Estoy en desacuerdo con quienes han redactado el obituario del nuevo aparato.

Lo que hay que entender es que el iPad marca, después de 40 años de maduración, el arribo para siempre de la tableta como una de las principales plataformas móviles de consumo de información y entretenimiento. No reemplaza al celular o al computador portátil. Es una nueva opción para cierto tipo de personas.

Para mi, el iPad suple una necesidad muy particular: permite el consumo fácil y agradable de todo tipo de medios -texto, imágenes, video, audio- desde un sólo aparato conectado a Internet, que es mucho más móvil que un portátil (es más delgado y pesa 1.5 libras) y con mayores posibilidades gráficas que un celular (por el tamaño de su pantalla).

Quiéranlo o no, el iPad va acelerar el cambio de la industria editorial que inició el Kindle. Con el lanzamiento del iBookstore, una librería para libros parecida a iTunes, Apple se va a apoderar en unos pocos años de un trozo envidiable de los ingresos mundiales de la venta de libros.

El primer round post iPad de la guerra entre eReaders se dio el fin de semana cuando Macmillan, unas de las mayores editoriales, se negó a continuar aceptando los términos de negocio impuestos por el Kindle de Amazon.

La posibilidad de desarrollo de nuevas aplicaciones para el iPad, conocidas como ‘Apps’, es otra clara ventaja de esta tableta sobre otras en el mercado. ¿Se imaginan ustedes la maravilla de juegos, servicios o destinos noticiosos que van a ser creados para el iPad en los próximos años?

El iPad pronto va a tener compañía. Ya vienen las tabletas de Microsoft y Google. Habrá una competencia feroz. Gane quien gane, la tableta está para quedarse.

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Columna publicada originalmente en Portafolio de Colombia

En la última semana, desde que Puerto Príncipe fue destruido por un terremoto de magnitud 7.0, la Cruz Roja Americana ha recaudado 103 millones de dólares en ayuda, incluidos 22 millones a través de donaciones de 10 dólares cada una, realizadas por medio de mensajes de texto por celular.

Al menos otras 15 organizaciones en Estados Unidos, como la Yele Haiti, Care y la Clinton Foundation, y otras en Canadá y Europa, han lanzado exitosas campañas de recaudación a través de dispositivos móviles.

Por ahora no se sabe cuánto dinero ha ingresado en total, pero la sola cifra de la Cruz Roja demuestra que los medios digitales y el creciente uso de redes sociales como Twitter, Facebook y YouTube han transformado para siempre las estrategias tradicionales de recaudación de fondos para campañas y desastres naturales.

En 2005, cuando el huracán ‘Katrina’ golpeó Nueva Orleans, sólo 250,000 dólares fueron recolectados a través de móviles. En ese año, Facebook apenas nacía y Twitter no existía.

La campaña Keep a Child Alive, para combatir el Sida en África, uno de los principales esfuerzos de recaudación por móviles previo a Haití, reunió 450,000 dólares.

La posibilidad de donar fondos a través de mensajes de texto existe desde hace muchos años. Pero nunca tuvo semejante alcance.

Lo que hizo la diferencia en esta ocasión fue el impacto mediático generado por medios tradicionales como CNN, que ha hecho eco permanente a las campañas de la Cruz Roja y Unicef, en sintonía con el de nuevos medios como Facebook.

En la última semana era prácticamente imposible no enterarse a través de la Internet, radio o televisión de las opciones para realizar donaciones.

Facebook, una red con 350 millones de usuarios alrededor del mundo, ha jugado un papel clave para ubicar a personas en Haití y mantener alerta a millones de internautas sobre la crisis haitiana.

Twitter, una red considerablemente más pequeña, ha sido motor vital para la difusión de esfuerzos humanitarios. Millones de personas han publicado o reenviado enlaces como este: “Haití necesita nuestra ayuda. Envíe la palabra Haití al 90999 y done 10 dólares”.

De todos los ‘tuiteros’, quizás el que más ha sonado en estos días es el rapero Wyclef Jean, nativo de Haití, que ha utilizado su fundación Yele Haiti y sus 1,3 millones de seguidores en Twitter para recaudar fondos.
Hasta la llegada masiva de las redes sociales era prácticamente imposible que una sola persona realizara, en cuestión de días, una campaña como la de Jean.
YouTube también ha hecho su parte. La primera dama, Michelle Obama, publicó un video en esa red en la que exhorta a los estadounidenses a donar fondos a la Cruz Roja.

Google, el grande de la Internet, también ha facilitado las donaciones a Care y Unicef desde una página que creó para ayudar a la crisis haitiana.

La crisis haitiana nos duele y estremece. Pero al menos la utilización inteligente de nuevas tecnologías nos ha permitido socorrer con mayor rapidez y efectividad a nuestros hermanos haitianos.

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Durante las vacaciones de fin de año me sometí a un terapia muy recomendable.

Me desconecté lo que más pude del correo electrónico y de un sinfín de herramientas de comunicación a las que me he vuelto adicto.

Las cambié por una hamaca, un libro y mucho deporte. ¡Qué maravilla!

Esto fue lo que hice. Primero desvié una cuenta de e-mail secundaria a donde recibo noticias, boletines y correos no cruciales. Cuando ayer borré los 500 mensajes que había en esa casilla corroboré que eran interesantes pero no esenciales.

Luego, como andaba viajando, desvié las llamadas de mi celular al sistema de correo de voz de Vonage.com, que me permite revisar los mensajes cuando quiera y desde donde quiera.

Finalmente opté por no participar de manera activa en Facebook, Twitter, LinkedIn y otras redes sociales a las que normalmente les dedico bastante tiempo y que con el paso de los años se han convertido en epicentro de mis comunicaciones personales y profesionales.

El único aparato que sobrevivió las vacaciones fue el BlackBerry, autocensurado, a donde por fortuna solo entraron unos pocos correos y mensajes importantes.

Ese afán de filtrar la información tiene una respuesta. Los profesionales más conectados a las nuevas tecnologías corremos el riesgo de convertirnos en rehenes de los gadgets y de la inmediatez. Rehenes del correo, del messenger, de los mensajes de texto, del celular, de Skype y las redes sociales. Vivimos en la era de la sobrecarga informativa (information overload). Es fascinante y preocupante. Son tantos y tan diversos los mensajes que recibimos en un solo día, y tanta la información debemos procesar, que debemos cuidarnos.

Tanta información, muchas veces innecesaria e indeseada, amenaza con nuestra capacidad de concentración en tareas realmente importantes. Es como un trancón. Hay tantos carros que el sistema ya no fluye.

Un estudio dado a conocer en diciembre por la Universidad de California, en San Diego, revela que los estadounidenses consumen 100,000 palabras de información al día (mensajes auditivos y escritos), lo que representa un aumento del 6% con relación al año anterior. Esto significa que, en promedio, los estadounidenses consumen 11.8 horas de información al día, principalmente a través de la televisión, el computador, la radio, los medios impresos y el teléfono, en ese orden.

¿Cómo manejar entonces la sobreabundancia de información?

Lo primero que tenemos que aceptar es que la producción de información va a crecer de manera desmesurada en los próximos años ya que cualquier persona puede publicar gratuitamente sus escritos, fotos o videos en la Internet.

Por lo tanto, estamos forzados a poner en práctica métodos manuales o automatizados más eficaces para filtrar la información. Clay Shirky, académico de la Universidad de Nueva York, afirma que el problema no es el exceso de contenido sino que todavía no han sido diseñados sistemas que filtren la información de “calidad”.

La clave sería poder concentrarse en responder primero los mensajes importantes.

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