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Entradas con la Tag “información”

Durante las vacaciones de fin de año me sometí a un terapia muy recomendable.

Me desconecté lo que más pude del correo electrónico y de un sinfín de herramientas de comunicación a las que me he vuelto adicto.

Las cambié por una hamaca, un libro y mucho deporte. ¡Qué maravilla!

Esto fue lo que hice. Primero desvié una cuenta de e-mail secundaria a donde recibo noticias, boletines y correos no cruciales. Cuando ayer borré los 500 mensajes que había en esa casilla corroboré que eran interesantes pero no esenciales.

Luego, como andaba viajando, desvié las llamadas de mi celular al sistema de correo de voz de Vonage.com, que me permite revisar los mensajes cuando quiera y desde donde quiera.

Finalmente opté por no participar de manera activa en Facebook, Twitter, LinkedIn y otras redes sociales a las que normalmente les dedico bastante tiempo y que con el paso de los años se han convertido en epicentro de mis comunicaciones personales y profesionales.

El único aparato que sobrevivió las vacaciones fue el BlackBerry, autocensurado, a donde por fortuna solo entraron unos pocos correos y mensajes importantes.

Ese afán de filtrar la información tiene una respuesta. Los profesionales más conectados a las nuevas tecnologías corremos el riesgo de convertirnos en rehenes de los gadgets y de la inmediatez. Rehenes del correo, del messenger, de los mensajes de texto, del celular, de Skype y las redes sociales. Vivimos en la era de la sobrecarga informativa (information overload). Es fascinante y preocupante. Son tantos y tan diversos los mensajes que recibimos en un solo día, y tanta la información debemos procesar, que debemos cuidarnos.

Tanta información, muchas veces innecesaria e indeseada, amenaza con nuestra capacidad de concentración en tareas realmente importantes. Es como un trancón. Hay tantos carros que el sistema ya no fluye.

Un estudio dado a conocer en diciembre por la Universidad de California, en San Diego, revela que los estadounidenses consumen 100,000 palabras de información al día (mensajes auditivos y escritos), lo que representa un aumento del 6% con relación al año anterior. Esto significa que, en promedio, los estadounidenses consumen 11.8 horas de información al día, principalmente a través de la televisión, el computador, la radio, los medios impresos y el teléfono, en ese orden.

¿Cómo manejar entonces la sobreabundancia de información?

Lo primero que tenemos que aceptar es que la producción de información va a crecer de manera desmesurada en los próximos años ya que cualquier persona puede publicar gratuitamente sus escritos, fotos o videos en la Internet.

Por lo tanto, estamos forzados a poner en práctica métodos manuales o automatizados más eficaces para filtrar la información. Clay Shirky, académico de la Universidad de Nueva York, afirma que el problema no es el exceso de contenido sino que todavía no han sido diseñados sistemas que filtren la información de “calidad”.

La clave sería poder concentrarse en responder primero los mensajes importantes.

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Columna publicada originalmente en Portafolio de Colombia

El magnate de los medios Rupert Murdoch anunció la semana pasada que todos los sitios web de News Corp., incluidos el Times de Londres y FoxNews.com, van a comenzar a cobrar por sus contenidos a partir del 2010.

Periódicos de otras cadenas, entre ellos The New York Times y The Boston Globe, están considerando de nuevo cobrar por sus informaciones en Internet.

Mientras Murdoch soltaba esta bomba me dedicaba a leer Free, el último libro de Chris Anderson, editor de la revista Wired y respetado autor de The Long Tail.

Anderson argumenta que la nueva economía digital prácticamente impone a las empresas que ‘venden ideas’ a ofrecer sus productos de manera gratuita, y los incentiva a generar sus ingresos utilizando otros modelos ligados al uso gratuito y masivo del producto.

El mejor ejemplo de este modelo es Google, que ofrece Gmail y docenas de otros productos gratis, pero genera importantes utilidades por concepto de publicidad en los resultados de su popular motor de búsqueda.

Otro ejemplo citado por Anderson es Craigslist, el sitio gratuito de clasificados online, que gana cobrando por unos pocos productos, la lista de empleos en once ciudades de Estados Unidos y la relación de apartamentos en Nueva York.

¿Quién tiene entonces la razón? ¿Hay que cobrar o regalar la información y las ideas? ¿Cómo pueden individuos tan exitosos e inteligentes diferir de manera tan radical?

En el caso de Murdoch, si bien dijo que va a cobrar por los contenidos, no nos dijo cómo lo va a hacer. La clave está en los detalles. Si lo que Murdoch pretende es replicar el modelo del Wall Street Journal, estamos hablando de un modelo híbrido o freemium. Es decir, una sección de cobro del sitio web al que sólo puede ingresar un número limitado de personas; y otra abierta, de libre acceso. Es irónico, desde que Murdoch compró el Journal hace dos años, cada vez ofrece más información gratuita en WSJ.com. Parece que Murdoch juega a dos bandas y nos hace pensar sólo en el riesgoso modelo de cobro por acceso.

Peligroso, porque eso de cobrar por los contenidos online no tiene mucho futuro, a menos de que sea información exclusiva, bien empaquetada y de mucho valor (la financiera).

Y no tiene mucho futuro por dos razones:

  • 1. Vivimos en la era de la abundancia de la información. Antes había unos pocos miles de medios produciendo contenido. Hoy hay millones de personas haciendo lo mismo. Si alguien nos cobra por una información la obtenemos de manera gratuita en otra parte.
  • 2. Cobrar por el contenido implica esconder los enlaces (links) de la historias dentro de un muro al que no penetran motores de búsqueda como Google o Bing. Al aislar los enlaces, cae el tráfico y la publicidad. Es atentar contra la esencia de la Internet, que nos permite vincular informaciones a través de la web.

Cobrar por la información no es la salvación. Triunfarán los que lancen productos innovadores hechos a la medida de los nuevos consumidores, los que traten de entender la Internet y quienes aprecien argumentos y debates como el que siembra Anderson.

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En 1864 Emilio Nobel murió por culpa de una explosión de nitroglicerina. A causa de esto su hermano Alfred Nobel[1] trabajó durante tres años en un invento que hiciera manipulable este explosivo para evitar que accidentes como ese, le quitaran la vida a más personas. Así fue como creó la dinamita en 1867.

Sin embargo, la sociedad no recibió esta creación más que como una contribución a la guerra, lo que hizo que este fuera un hombre odiado públicamente en vida, aunque su legado después de muerto fuera un reconocimiento para las personas que le hicieran un bien al mundo.

Traigo este pasaje histórico a colación porque nos recuerda cómo un avance tecnológico no determina nada por sí mismo, sino en el contexto y la interacción con el ser humano.

Lo realmente relevante de la Red, como en su momento fue la dinamita, no es el avance de la ciencia y la tecnología, sino el cómo ese avance cambia la vida de las personas. Por eso considero pertinente pasar esta vez por encima de esos discursos apologéticos y futuristas, que hablan de qué más novedades vendrán, para empezar a pensar en nuevos escenarios en los que se encontrará la humanidad como consecuencia de esas maravillas que ya existen y las que están por venir.


La masificación y la educación

En un futuro no muy lejano puede ser que Internet cuente con los avances tecnológicos para prácticamente pensar por sí misma, pero más allá de eso es muy probable que contemos con una red verdaderamente universalizada y democrática que, aprovechando eso, pueda brindar educación  a personas en cada rincón del mundo.

Desde ya existen iniciativas en las cuales las personas de menos recursos pueden acceder de forma gratuita o muy económica a la Red y así educarse y abrir nuevas perspectivas y puntos de vista que antes le fueron negados.

La imprenta en su momento fue una gran invención, “una revolución en la creación y distribución del conocimiento”, en palabras de Cobo[2]. Pero sólo ahora sabemos que su real aporte fue propiciar la ilustración del ser humano, permitir que el mundo accediera al saber y así pudiera desarrollar conocimientos que hasta el momento eran inimaginables.

Creo que en un futuro entenderemos que la Red no iba a cambiar la forma de hacer las cosas, si no la concepción que tendremos del mundo a través de las cosas que hacemos.


La globalización del pensamiento

Es muy común que cuando pensamos en globalización, lo que se nos venga a la mente sea normalmente una economía universal, una expansión del conocimiento y la idea avasallante de un mundo enorme y desconocido en el que los países están cada vez más cerca y los desniveles socioeconómicos y las fronteras son tal vez más claros.

Sin embargo, el futuro promete una conciencia que al hombre de la actualidad le es esquiva: la conciencia del planeta, o la conciencia cósmica, como llamaba el filósofo Fernando González a la capacidad de entender el universo como un todo y pensar en su beneficio.

En la actualidad somos conscientes de que la Red nos permite conocer el mundo entero “a un click de distancia”, como dice una gastada frase. Pero en un futuro, para las generaciones que crecerán conociendo un mundo en el que todo queda a la vuelta de la esquina, este conocimiento será la clave de un nuevo orden en el que el contexto de una persona no será su ciudad sino el planeta entero, una nueva comprensión de los sentires de otras personas de culturas dispares, lo que será un gran paso hacia la paz, o hacia más guerra.

Fernando González decía que sólo los sabios podían acceder a una conciencia completa del mundo y aseguraba que “Indudablemente lo que más ha impedido al hombre, en cierto modo, el ascenso a la conciencia cósmica ha sido el lenguaje, que es limitador y separador de individualidades”[3]. Sin embargo, en la actualidad podemos acceder a un conocimiento global por medio de un nuevo lenguaje: el hipertexto, como un conector ilimitado de ideas y mensajes.

Una vez leí en alguna parte que para llegar a una nueva lógica basada en un medio, primero había que pasar por una etapa de aprendizaje técnico, creo que por eso estamos deslumbrados ante las nuevas herramientas que tenemos a mano, pero próximas generaciones habrán experimentado cambios en su esencia misma.

Por eso no me preocupa si en 10 años la Internet puede “interpretar información y tomar decisiones”[4] o si el papel desaparece; yo creo que llegará un día en el que no nos deslumbre tanto lo instrumental de la Red y empezaremos a darle un enfoque más social, a construir tejido humano alrededor de ese tejido de cable coaxial y fibra óptica.

Laura Camila Caro Salcedo / Medellín

Bibliografía y cibergrafía

·         GONZÁLEZ, Fernando. Mi Simón Bolívar. Bedout: 1969. 258 páginas.

·         Alfred Nobel Timeline. http://nobelprize.org/alfred_nobel/timeline/index.html

·         CODINA, Lluis y ROVIRA, Cristòfol. La Web Semántica.

·         COBO, Cristóbal. Web 2.0: un cerebro digital en crecimiento.


[2] COBO, Cristóbal. Web 2.0: un cerebro digital en crecimiento.

[3] GONZÁLEZ, Fernando. Mi Simón Bolívar. Bedout: 1969. 258 páginas.

[4] CODINA, Lluis y ROVIRA, Cristòfol. La Web Semántica.

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